Budismo y felicidad: Los 4 principios

Los cuatro principios del budismo para afianzarte en la felicidad:

1º: Transformar lo negativo en positivo

Desde la perspectiva del budismo, en toda situación negativa, existe un potencial positivo inherente. Por eso, cualquier acontecimiento desfavorable se puede modificar y convertir en una fuente de valores positivos y beneficiosos.

La clave está en la manera en que respondemos a los sufrimientos inevitables que se producen en la vida. Las experiencias negativas y penosas a menudo son necesarias para motivarnos. Una escritura budista describe la enfermedad como un estímulo que despierta el deseo de buscar la verdad. Del mismo modo, muchas personas han asumido un compromiso de por vida con la paz y con la justicia, a raíz de haber experimentado personalmente los sufrimientos de la guerra y las injusticias presentes en el mundo.

En sentido contrario, si nos dejamos derrotar por las dificultades o respondemos a las circunstancias difíciles de manera negativa y destructiva, el veneno que nos producen permanece y no se transforma. Es al desafiar y superar las circunstancias más penosas cuando crecemos como seres humanos.

El proceso de cambiar lo negativo en positivo comienza cuando encaramos una experiencia difícil como una oportunidad de reflexionar sobre nosotros mismos, así como de fortalecer y desarrollar nuestro coraje y misericordia.
Cuanto mayor empeño pongamos en ello, mayor será la oportunidad de crecer en vitalidad y sabiduría. De este modo, el sufrimiento puede sernos útil y permitirnos experimentar una felicidad más profunda.

2º: Todo pasa, todo es transitorio

Un antiguo escrito budista dice: “Jamás permita que las dificultades de la vida lo perturben. Después de todo, nadie puede escapar de los problemas, ni siquiera los sabios y venerables. Tan sólo invoque ‘Nam-myoho-renge-kyo’ y, cuando beba sake, quédese en su casa junto a su mujer. Sufra lo que tenga que sufrir, goce lo que tenga que gozar. Considere el sufrimiento y la alegría como hechos de la vida y continúe invocando… entonces experimentará la ilimitada alegría que proviene de la Ley”. Esta enseñanza exhorta a comprender la naturaleza pasajera de los fenómenos.

Cuando captamos en profundidad esta verdad, es decir, que en cada uno de nosotros, nuestro entorno y circunstancias están en permanente cambio, se produce una sensación de desapego respecto al éxito o al fracaso. En la vida, hay tanto sufrimiento como alegría; lo importante es cultivar una identidad profunda e invencible, para no dejarnos influir por estas olas que van y vienen.

El hecho de entender este proceso del constante cambio puede ayudarnos, además, a enfrentar los acontecimientos de la vida diaria: vemos cómo las amistades pueden deteriorarse, cómo los enemigos pueden convertirse en nuestros mejores confidentes, cómo las situaciones difíciles pueden redundar en beneficios y cómo, de igual manera, el cumplimiento de nuestros deseos y sueños puede resultar, a la larga, frustrante.

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En este sentido, la comprensión de que nada permanece y la meditación sobre ella produce en nosotros efectos inmediatos y se convierte en un eficaz antídoto para neutralizar nuestro excesivo apego a cosas y personas. Así se consigue estar en paz y armonía a pesar de todo.

3º: Ser responsable de uno mismo

El budismo nos enseña que los únicos responsables de nuestro destino somos nosotros mismos. La ley de Causa y Efecto que rige el Universo dice que cada acto, pensamiento y sentimiento produce un efecto, ya sea manifiesto o latente: eso es el “Karma”.

Pero, no es definitivo y rígido, sino algo que vamos construyendo. Quien se levanta solo, desafiando a su destino, siente alegría infinita porque sabe que tiene el potencial para cambiar el rumbo de su vida. Sólo ha de decidir qué busca y, para eso, hay que escuchar al corazón.

Dejarse influenciar por los demás o por el medio ambiente no es la forma de vida que enseña el budismo. Lograr un estado de “paz y seguridad en esta vida” no presupone tener una existencia libre de cualquier adversidad.

El llamado que se nos hace es a que nos armemos de convicción y coraje ante las dificultades, porque siempre las habrá. Cuanto más serenos estemos, mejor lograremos luchar contra ellas.

Para lograr esto, el budismo enseña que debemos ser maestros de nuestra mente en lugar de dejarnos dominar por ella. La mente es negativa por naturaleza, nos hace dudar, quejarnos y sufrir. Pero, si logramos aquietarla con la meditación y usar su energía para actuar a favor de nuestra felicidad, habremos ganado una gran batalla. Levantarse solo es hacerse responsable, tomar las riendas de la propia vida con la certeza de que el mérito de lo logrado nos pertenece. Asimismo, habremos de aceptar el hecho de no haber podido conseguir muchas cosas que deseábamos.

4º: Buscar la verdadera felicidad

El budismo habla de una felicidad relativa que es el éxtasis que experimentamos cuando alcanzamos algo que deseábamos; por ejemplo, un trabajo, una familia, salud, bienestar. Este tipo de felicidad no es mala en sí misma; pero es frágil y fugaz, porque depende siempre de algo cambiante: nuestros seres queridos pueden fallecer, nosotros enfermar o perder bienes materiales.

El otro tipo de felicidad de la que habla el budismo es la absoluta. Pensemos en dos personas que, dentro de una misma empresa, hagan el mismo trabajo y tengan la misma situación económica y social. Una se siente feliz y la otra vive desesperada. No es raro encontrar esta clase de disparidades.

Esta divergencia se relaciona con el estado de vida interior, con el corazón de cada uno. La felicidad absoluta no es la ausencia de sufrimiento; porque esa ausencia no existe en la realidad. Por el contrario, la verdadera felicidad supone un estado interior de paz y alegría espiritual, que surge de una identidad sólida, digna e indomable, capaz de enfrentar las peores dificultades de la vida.

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